11/8/07

Luis Piedra Buena y el "Luisito"

Comandante
Don Luis Piedra Buena


En 1842, a los nueve años, construyó su propia balsa realizada con ramas, con la cual se internó río abajo y navegó 20 millas más allá de Patagones. Lo rescató la tripulación de un pailebot norteamericano al mando del capitán Lemon. Éste, viendo las aptitudes de Piedra Buena, solicitó el permiso de los padres para llevarlo en su buque hacia Estados Unidos para que el niño adquiera los conocimientos del arte de la navegación, permiso que los padres concedieron. En 1847, regresa a Patagones y construye su propio cúter con el que navega el río Negro y el Colorado.

En 1847, se embarca al mando del capitán Smiley con quien recorre los mares del Sur pescando ballenas. Esta misma embarcación, fondeó en julio de 1848 en la islas Malvinas y luego de abastecerse parte rumbo al cabo de Hornos.

Desde 1851 a 1854 surca los mares australes explorando las islas comprendidas entre cabo Vírgenes y Chiloé, internándose en los canales fueguinos y llevando a las tribus de la zona, banderas de Argentina hechas de lona.

Entre 1854 y 1857 realiza como capitán del barco argentino San Martín un viaje a Nueva York, donde completa sus estudios. A su vuelta, se dirige a los mares australes en donde realiza rescates de náufragos en la isla de los Estados. Surca el río Santa Cruz hasta la isla Pavón donde por primera vez junto con una tribu de indios enarbola la bandera argentina en la Patagonia.

En 1864 Mitre le confiere el cargo de capitán “sin sueldo”, con la facultad de impedir que los loberos hicieran incursiones en esas regiones. Desde la isla Pavón se dedica a la pesca de ballenas, caza de lobo de dos pelos, y actividades comerciales y de minería para obtener el sustento sin dejar nunca de lado sus actividades humanitarias.

En 1867 regresa a Buenos Aires y contrae matrimonio con Julia Dufour, con ella y a bordo del Espora parte hacia la isla de los Estados, para luego arribar a la isla Pavón y establecerse en Punta Arenas.


Observando Piedra Buena las intenciones de Chile de tomar posesión de los territorios patagónicos, decide dar conocimiento de los hechos a las autoridades nacionales. Desde Buenos Aires obtiene una promesa de apoyo oficial. Al poco tiempo, Domingo F. Sarmiento asume la presidencia, Piedra Buena busca su apoyo pero se le niega por falta de presupuesto. A pesar de las adversidades, Don Luis decide prestar servicios a la patria y cuidar las costas con el Espora a cuenta del Estado sin remuneración alguna.

Ingresa en la marina de guerra en virtud de un decreto firmado por el presidente Avellaneda en 1878. Se le confiere el título de coronel con grado de sargento mayor. Será el primer instructor de nuestros marinos.

Muere a los 50 años, el 10 de agosto de 1883.



Naufragio del "Espora" y construcción del cutter

"Luisito"



En la rada de Punta Arenas corría febrero de 1873 el pailebote "Espora", al mando del capitán Luis Piedra Buena, desplegó a la brisa de un amanecer sus sufridas velas grises. Zarpaba hacia la isla de los Estados, donde, en un seno elegido de sus costas quebradas, el capitán-empresario proyectaba improvisar una "fábrica" para la extracción de la grasa del lobo de mar y del pingüino.


Desde aquel pequeño puerto, Punta Arenas, situado en el Estrecho de Magallanes a la sazón, de algunas pocas casas espaciadas, cascos arrumbados sobre la playa, olor a brea-, partían a menudo expediciones de tal naturaleza, en particular hacia

las roquerías situadas al sur de la Tierra del Fuego, las cuales, si bien solían producir pingües ganancias a sus realizadores, no dejaban de ofrecerles asimismo serios peligros. Era necesario, en efecto, desafiar la tempestad que se enseñorea en los mares del Sur, padecer el rigor del clima fueguino, esquivar la atropellada mortal del lobo de mar y evitar al indio, que acechaba detrás d

e las matas, armado de flecha artera.

¡Aquellos eran tiempos heroicos! Por eso la despedida que los puntarenenses tributaban a los loberos tenía emociones de vísperas guerreras.

Junto con Piedra Buena, el "patrón", figuraban en el rol de tripulantes del pailebote los siguientes hombres de mar: en carácter de "segundo", el dálmata Carlos, recio marino cuyo apellido, vinculado tal vez a algún acontecimiento vergonzante, era discretamente callado; como Piloto, el norteamericano Smith; como

contramaestre, don Celestino, apodado "el gallego" aquí también sobraba el apellido-, tipo clásico de quie

n todo lo sabe, lo presume o lo prevé. Completaban la reducida tripulación el cocinero Espinosa, laborioso "chilote" que a bordo servía tanto para un fregado como para un barrido; y, por último, los marineros Juan Caballero -indio yagán acriollado-, el viejo Henry y un grumete.

Con este puñado de navegantes, abigarrado muestrario de razas diversas, Piedra Buena se lanzaba a la conquista de la fortuna en una empresa de caza e industria al par, puesto que se disponía a matar el lobo y el pingüino a fin de obtener sus pieles, para proceder luego, sobre el mismo terreno, a extraer de los cuerpos desollados la grasa y el aceite. El pailebote, con sus ciento setenta y cinco toneladas de registro, estaba bien aparejado para la faena; los garrotes, el "tacho" (especie de caldero) , las barricas vacías, arrobas de sal gruesa, dos cañones arponeros y provisiones para una larga campaña, llenaban la bodega hasta la cubierta corrida.

Tal como decíamos, el "Espora" desplegó, a la brisa de un amanecer, todo su paño y aquél se destacó sobre un fondo de cielo azul mientras singlaba hacia la boca del Estrecho empujado por la marea propicia.

A los pocos días daba fondo en la bahía Hoppner, llamada también de las Nutrias, ensenada abierta en el extremo sudoeste de la isla de los Estados. Allí, sobre la costa que cubría nutrida colonia de pájaros niños, instaló Piedra Buena su "fábrica", empezando en seguida la trabajosa matanza, en la cual tomaban igual participación, no obstante su diferente jerarquía, los ocho tripulantes. La labor consistía en apalear pingüinos a razón de quinientas presas al día, luego abrirlos, descuerarlos, y llenar con sus cuerpos, en medio de un vaho volteador, un "tacho" enorme, que se hacía hervir sin que se apagasen los fuegos un instante.

Todo se desarrollaba a gusto y a tiempo ... cuando sobrevino un temporal que volcó el "tacho", desparramó el aceite, aventó los cueros, obligando a los industriosos marinos a correr a bordo, con el fin de asegurar sin tardanza al "Espora", que parecía querer echarse a volar.

El viento, que soplaba en aumento, ya era huracán desencadenado cuando la obscuridad invadió la costa, ocultándo la a la vista de los del pailebote. Abierta la bahía de las Nutrias a la libre violencia del temporal, la salvación del "Espora" y sus tripulantes dependía de la resistencia del ancla y del anclote con que a aquélla se la había reforzado; amarras de las cuales el pailebote aferrado el paño y sentado de popa con la proa al viento, tiraba con fuerza dando brincos y cabeceos como potro mañero.

A medianoche, las olas empezaron su labor infernal. Terribles bandazos golpearon los costados de la nave y barrieron su cubierta, empapando a la gente, haciendo trizas los salientes de la obra muerta y abriendo, finalmente, algunos rumbos en el casco. Los marinos, hechos una sopa, lucharon entonces aferrados desesperadamente a la bomba para disminuir la vía de agua que amenazaba anegar las bodegas. Entretanto, el "capitán Luis", asido a la caña del timón, con su gorra marinera encasquetada, el cuerpo cubierto por grueso capote de hule, alentaba con fuertes voces a la angustiada tripulación.

Hombre joven aún, era ya este marino un viejo lobo de mar que las había visto todas, en el hemisferio austral. Lo tenía navegado durante muchos años, desde aquel día en que el capitán norteamericano Smiley, apodado "el Cónsul", lo tomó de la casa de sus padres en Patagones, cuando Piedra Buena no era más que un niño, para llevárselo con él a fin de educarlo en la ruda escuela de los balleneros y de los cazadores de lobos. ¡Con la experiencia recogida desde aquella época Piedra Buena pensaba que de ésta no podría escapar!

Poco después, en medio de un colosal estruendo, el palo mayor, con su envoltura de velamen, jarcias y arboladura, se desplomaba sobre la banda de babor, amenazando aplastarlo todo, mientras los loberos, despavoridos, corrían sobre cubierta en busca de reparo. En su caída, el palo mayor arrastró consigo al trinquete.

Quedaba así el "Espora" desarbolado, sin botes, la cubierta barrida, descabezadas las escotillas y haciendo agua por todas partes...

Viendo que era imposible aguantar el buque hasta la madrugada -su bendita luz hubiera permitido construir una balsa para ponerse a salvo-, Piedra Buena resolvió embicarlo en tierra. Y como tal intento acarrearía grave riesgo para su gente, consultó el caso con los tripulantes que halló más cercanos. Todos estuvieron contestes en declarar que él era el capitán; y que cada uno estaría en su puesto para obrar según él lo mandara.

Fue entonces recogido el anclote, soltada por ojo la cadena del ancla, y, luego de virar en redondo para dirigir la proa a tierra, el "Espora", juguete ya del viento, se largó veloz hacia la playa, con su capitán en la barra luchando para evitar que la nave se atravesara, y los marinos asidos de las barandas, contraído el cuerpo por la impresión, con los ojos muy abiertos en la obscuridad...

A unos pocos metros de la restinga, todos los tripulantes, valerosamente, se arrojaron al agua, mientras el casco, desmantelado y sin gobierno, iba a dar, en un gran tumbo, sobre las rocas.

El amanecer del 10 de marzo encontró a los ocho náufragos del "Espora" tendidos en la playa mojados hasta los tuétanos, transidos de frío y emocionados ante el milagro de su salvación.

La bahía de las Nutrias se abría en forma de herradura. En primer plano se extendía una precaria playa, cortada de rocas afiladas; a poco trecho el terreno ascendía en laderas, sobre las cuales sobresalían manchones de bosque. Las hayas, al encaramarse hacia lo alto de los cerros, se achaparraban, retorcían e inclinaban, abatidas por el viento. Más arriba, las cumbres se adivinaban tras el manto de una niebla compacta. El lugar era en extremo inhospitalario, abierto a los peores vientos, el suelo húmedo, el monte pantanoso, con un horizonte tétrico de rocas peladas.

No lejos de donde se hallaban los hombres, se veía, montado sobre la rompiente el casco del buque náufrago. Con no poco denuedo, penetrando en el agua helada, Piedra Buena, seguido de dos hombres animosos, logró encaramarse a bordo. No obstante el estado deplorable de su buque, le pareció que aún era posible salvarlo. Para ello acomodó las bombas, puso un cable en tierra y hasta consiguió enderezar el casco mediante la ayuda de un aparejo, con la intención de calafatear más adelante sus costados maltrechos.

A pesar de tanto esfuerzo y de turnarse el personal durante varios días en las bombas, no pudieron desagotarlo. Aquello era un harnero.

Aun cuando el temporal había amainado, el tiempo continuaba lluvioso y frío. Los náufragos permanecían,


entretanto, al descampado, con los colchones, la ropa y las provisiones empapados. Smith, el "largo', fue el primero en caer enfermo; lo siguió pronto otro hombre. Tampoco el capitán Luis se sentía muy bueno debido a su enfermedad, pero tenía que vencer sus flaquezas para mantener el ánimo del personal. Se dio principio entonces a la construcción de un refugio, utilizando tablas extraídas del casco arrumbado y unas lonas, bajo el cual se cobijaron todos con el escaso aprovisiona-miento salvado de la catástrofe.

Los pobres náufragos del "Espora" quedaban librados a un destino incierto. En efecto: pocos navegantes frecuentaban aquel paraje desguarnecido.

Si bien el estrecho Le Maire era la ruta elegida en tiempo de bonanza por los veleros que traficaban del Atlántico al Pacífico, doblando el cabo de Hornos, ningún barco iría a recalar en la bahía de las Nutrias, fondeadero apartado del rumbo, sin defensa contra los vientos adversos.

Así se explica cómo, durante la primera semana de inacción, no se divisara vela alguna a lo largo, con lo cual comenzaron los náufragos a perder toda esperanza y con ella su buen humor. No por eso flaqueó el ánimo de Piedra Buena. Mientras sus hombres llenaban las horas del día clamando al cielo contra el clima, el paisaje hosco, el lugar desamparado y maldiciendo el momento en que se enrolaron para la expedición del "Espora", el capitán maduraba un proyecto que, de realizarse, podía sacarlos a todos de ese rincón perdido en el confín deshabitado: ¡la construcción de un nuevo buque!

Para realizar su intento tenía que bastarse con estas herramientas: una sierra grande, otra chica y un par de hachas de mango corto; no tendría otro material de construcción que el que pudiera hallar en el manchón de hayas que se extendía cercano, la mayor parte, semipodridas de humedad; en cuanto a la mano de obra, había que vérselas con los ocho tripulantes, varios de ellos inválidos por enfermos e inservibles, de antemano desanimados para todo esfuerzo, eternos protestadores a quienes el proyecto de Piedra Buena, desde su enunciación, les pareció locura impracticable.


Animado por una energía que nos parece ahora sobrehumana, el capitán Piedra Buena pudo con ellos. Empezó por dividir el trabajo dándoles a los enfermos, que envueltos en frazadas se estaban acurrucados bajo las lonas de la improvisada vivienda, la tarea de atender el fuego, que debía mantenerse siempre vivo para necesidad de la calefacción, la cocina y la fragua. El grumete y el viejo Henry recibieron la misión de recolectar provisiones frescas en la comarca circundante, pues en la ladera y al borde de los riachuelos se encontraban en abundancia apio, berro y achicoria; era fácil también sorprender al pingüino incauto y descubrir nidadas de huevos de avutarda; se hallaban, además, en la playa, adheridas a las rocas que descubría la marea, almejas y mejillones y, finalmente, a orillas del mar aparecía el "cachiyuyo", especie de sargazo que puede ser comestible después de mucho hervor y mayor apetito. De esta suerte se iba a defender y refrescar el pobre aprovisionamiento.

Los demás hombres, con Piedra Buena a la cabeza, pusieron manos a la obra, en una lucha agotadora frente a la escasez de elementos, la persistencia del mal tiempo y la poca práctica del personal para trabajos de esa naturaleza.

El dieciséis de marzo se tendió la quilla de la nueva embarcación, que iba a medir doce metros de eslora, cuatro de manga y dos de puntal. Al día siguiente se colocaron los codastes de popa y proa; y luego, mientras unos forjaban en la fragua improvisada los pernos, las duclas y los cáncamos, otros cortaban árboles, y aquellos más hábiles aserraban tablas o labraban las curvas y cuadernas. Entretanto, Piedra Buena en una banda, y Carlos en la otra, ajustaban las piezas, clavaban la tablazón y calafateaban las juntas, armando de esta suerte el tosco pero sólido casco de un cúter.

La enumeración escueta de estos trabajos los hace tal vez aparecer sencillos; pero es preciso tener en cuenta el lugar en que estaba situado el improvisado astillero, los medios materiales de que disponían, y, en especial, el clima en que vivían estos verídicos trabajadores del mar"; pues es el caso que el invierno se les venía encima y el mal tiempo no les daba tregua ni reposo.

Para colmo, el capitán tenía que sobreponerse a la inexplicable mala voluntad de su gente, desmoralizada aun frente a la perspectiva de construirse la única "tabla de salvación". Eran mortificantes sus modos embromadores. Carlos, su segundo, aunque trabajador, vivía malhumorado buscando camorra a los subalternos, quienes, por otra parte, compartían su clima espiritual. Era de temerse, pues, a cada instante, un amotinamiento o el abandono definitivo de la construcción, ya que todos se disputaban el privilegio de ir a mariscar, con lo cual capeaban la labor pesada. Entre todos, el contramaestre era el más pelmazo, inconstante y murmurador. Hubo días en que don Celestino, que se había quedado para afilar hachas y cortar curvas, ¡ni afiló hachas ni cortó curvas!.

Mas, a pesar de don Celestino, de los enfermos e inservibles, de la escasa voluntad subalterna y del tiempo constantemente adverso, los trabajos progresaron: a los quince días de haberse iniciado la construcción, quedaban terminados los costados del barco, se comenzaba la colocación de los baos, se tendían sobre éstos las tablas de la cubierta y se alzaba el tambucho de la cámara. Completado así el casco, la labor se hizo menos ruda, puesto que los días de temporal pudieron aprovecharse para trabajar el interior, forrarlo, colocar el doble fondo, los pisos, levantar los tabiques de división interna y armar las pobres cuchetas en que los náufragos descansarían por fin su físico maltrecho.

El mes de abril fue íntegramente ocupado en la terminación del cúter y en su aparejo, para lo cual se utilizaron los restos del "Espora": así se lograron el mástil, el velamen, las bombas, el estanque de agua, la cadena y el ancla rescatados del mar; y con trozos de la tablazón del buque náufrago diéronse el lujo de construir un bote bien marinero.

Finalmente, el once de mayo -habían transcurrido tres meses desde el naufragio del "Espora"-, el nuevo buque, con ayuda de la marea creciente, fue botado al agua y quedó balanceándose suavemente en la bahía a pocos pasos de la orilla, observado por los nautas: con el amor admirativo que experimenta el artífice frente a su más pura obra de arte y con el alivio inexpresable del náufrago que se salva.

Quedaba así totalmente concluida la extraordinaria obra náutica. Habían construido una embarcación de dieciocho toneladas, apta para navegar aquellos mares bravíos, en una playa desamparada e inclemente, con esta herramienta precaria: ¡dos sierras y dos hachas de mango corto!

De hazañas como ésta no es pródiga la historia. Conocemos otro caso ocurrido en 1765: la construcción de una goleta, realizada por los náufragos de una expedición española con los restos del navío que la traía y que fue arrojado sobre la costa de la caleta Policarpo, en Tierra del Fuego. La existencia de dos hechos similares en una misma región geográfica nos la explicamos muy bien por ese afán sobrehumano, esa superación física, esa aguda clarividencia que debe posesionarse de los desdichados a quienes el destino libra a sus propios medios como único recurso para escapar de una muerte segura. Así y todo, la envergadura espiritual de Piedra Buena, en tales circunstancias, resulta extraordinaria.

El cúter, construido a ojo, se probó muy bueno. Había sido bautizado el "Luisito" en recuerdo del hijo del capitán Piedra Buena. Pero los tripulantes dieron en apodarlo el "Sapo", a causa de sus líneas chatas, de su porte inelegante, y de la forma sorprendente con que saltaba sobre la ola.

Desde la isla de los Estados hasta Punta Arenas, el "Luisito" empleó nueve penosas singladuras, alternadas con chubascos de nieve y de granizo y vientos arrachados. Este viaje podría considerarse, por sí solo, como una hazaña marinera.

El 27 de mayo el cúter dio fondo en el puerto antes mencionado. Nadie en aquella localidad había visto jamás silueta de buque semejante al que estaba cabeceando en su fondeadero a un tiro de piedra de la playa. Acerca de su identidad los puntarenenses tejían mil fantasías; por lo que, no poco estupor les causó el saber que esta extraña embarcación venía tripulada por los náufragos del pailebote "Espora", quienes ¡la habían construido en sesenta días!

El capitán Luis Piedra Buena, valorando la proeza realizada y previendo que quizá más adelante ésta se daría a conocer, tuvo la presencia de espíritu de anotar su diario de navegación. En este documento, que revela un temperamento minucioso, una rara preocupación profesional y una sinceridad de hombre fuerte, podemos seguir actualmente las alternativas y los pormenores del naufragio, de los trabajos de construcción del "Luisito" y del consiguiente salvamento.

Al término de las anotaciones -día correspondiente a la llegada a buen puerto- nos hallamos frente a frases que suenan como suspiros de alivio que le salen al capitán cronista desde lo más hondo de su pecho fornido. Advierte allí que encontró en Punta Arenas todo lo más precioso, que es su familia; admite que ha olvidado en un instante las penurias pasadas, -lo que es una condición consoladora de la naturaleza humana y, como remate, termina con un ¡a Dios gracias!, frase con la cual, el hombre prudente reconoce siempre que sobre su esfuerzo fecundo ha mediado indudablemente el divino favor.

Fuente: Dr. Armando Braun Menéndez


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